PARÍS EN CUATRO DÍAS

28 DE FEBRERO DE 2026

Hay viajes que se planean durante meses y otros que nacen de la forma más inesperada. El nuestro comenzó una noche de verano, durante una cena entre amigas. Mientras hablábamos de la vida, de lo rápido que había pasado el tiempo y de que las cuatro cumpliríamos los 60 ese mismo año, surgió una idea que nos hizo ilusión desde el primer momento: celebrar juntas esa nueva década con una escapada. La decisión definitiva llegó unos meses después, durante la fiesta de cumpleaños de la última del grupo en cambiar de década. Entre brindis, risas y recuerdos, elegimos destino. Después de valorar varias ciudades, París fue la gran elegida.

Y así, a finales de febrero, cuatro amigas que nos conocimos en el colegio hace ya muchos años hicimos las maletas rumbo a la Ciudad de la Luz. Nos esperaban cuatro días para pasear sin prisas, disfrutar de su belleza y seguir escribiendo juntas un capítulo más de nuestra amistad.

Nos alojamos en el Hotel Paris Lafayette, un hotel sencillo y agradable, con una buena ubicación en el barrio de République, en el 10.º distrito. Las habitaciones eran algo pequeñas, aunque limpias y cómodas, perfectas para descansar después de las largas jornadas recorriendo la ciudad.

Era la tercera vez que yo visitaba París, y aun así, paseando junto al Sena volví a sentir que llegaba por primera vez. Es una de las grandes virtudes de esta ciudad: nunca se deja conocer del todo, y repetir destino con mis amigas no significaba repetir viaje, sino mirarlo de nuevo con otros ojos y descubrir juntas rincones que antes habían pasado desapercibidos.

París me impresiona por esa elegancia que parece formar parte natural de su paisaje. Sus grandes avenidas, los edificios de piedra clara, las fachadas interminables con sus balcones de hierro y, sobre todo, sus jardines tan verdes y plazas hacen que pasear por la ciudad sea casi un ejercicio de contemplación. Desde el Louvre hasta la Place des Vosges, pasando por las orillas del Sena, todo invita a caminar sin prisa, a mirar despacio y a disfrutar de cada rincón.

"Museé d´Orsay"

Reservamos la entrada al Museo de Orsay con antelación, sabiendo que sería una de las visitas imprescindibles del viaje. Íbamos, sobre todo, con la idea de ver sus famosos cuadros impresionistas, pero una vez allí descubrimos que el museo era mucho más de lo que imaginábamos. El propio edificio, una antigua estación de tren, con enormes relojes, esculturas y detalles de Art Nouveau e incluso sus cafés y restaurante, hicieron que la visita terminara siendo toda una sorpresa.

El museo ocupa la antigua Gare d'Orsay, una impresionante estación de tren construida para la Exposición Universal de 1900. Lo que más sorprende es que, al entrar, todavía se puede imaginar perfectamente su pasado ferroviario: el enorme espacio de la antigua estación, los techos elevados y, sobre todo, los grandes relojes que recuerdan su antiguo uso. El más espectacular es, sin duda, el enorme reloj de la fachada, desde cuyo interior se puede contemplar París a través de su gran esfera. Es uno de esos rincones que a mí, particularmente, me encantó.

Al recorrerlo también encontramos esculturas, objetos decorativos y diferentes manifestaciones del Art Nouveau, un estilo que buscaba llevar el arte a todos los ámbitos de la vida cotidiana. Entre sus salas aparecen muebles, elementos decorativos y piezas de diseño que ayudan a entender cómo, a finales del siglo XIX y principios del XX, el arte estaba presente mucho más allá de las pinturas. Y algo que nos llamó especialmente la atención es que dentro del propio museo también hay espacios pensados para hacer una pausa y disfrutar del ambiente. Está el Café Campana, situado al final de la galería de los impresionistas, en la parte superior del museo, y diseñado por los hermanos Campana: su decoración, de formas originales y muy llamativas, parece sacada de un mundo de fantasía, con enormes lámparas y elementos curvos que recuerdan a formas marinas. Desde allí se puede disfrutar de la vista de uno de los grandes relojes exteriores del museo, que enmarca París y convierte este rincón en uno de los más curiosos de la visita. También está el Restaurante del Museo de Orsay, en uno de los espacios históricos del edificio, y el Café de la Gare, bajo la gran nave central, en pleno corazón del museo.

Todo ello hace que la visita tenga un ambiente muy especial: puedes pasar de contemplar una obra de Monet o Van Gogh a encontrarte con una escultura, un rincón de Art Nouveau, uno de los enormes relojes de la antigua estación o un rincón donde parar a descansar bajo la espectacular nave.

Y después llega lo que esperábamos: la colección de pintura. Sus salas albergan una de las colecciones de arte impresionista y post impresionista más importantes del mundo, y pasear entre obras de Monet, Van Gogh, Renoir, Degas, Manet o Gauguin fue una auténtica maravilla. Incluso para quienes no somos grandes expertas en arte, resulta imposible no detenerse ante tantos cuadros que hemos visto reproducidos infinidad de veces. Verlos de cerca es diferente: las pinceladas, los colores y los pequeños detalles que se pierden en una fotografía. Entre una sala y otra siempre aparecía algún cuadro que reconocíamos y que, de alguna manera, ya formaba parte de nuestra memoria.

Al final, el Museo de Orsay fue toda una experiencia que va mucho más allá de los cuadros. Si vas a visitarlo, es recomendable entrar a primera hora: así lo recorrimos con mucha más tranquilidad, sin las grandes colas ni aglomeraciones que se forman a medida que avanza el día.

Saborear París

Una parte importante de cualquier viaje siempre pasa por la gastronomía, y París no podía ser menos.

Después de más de cuatro horas perdidas entre lienzos en el Museo de Orsay, paramos a comer en Nicole's, sobre todo por la cercanía. Fue una opción correcta y sin complicaciones, nada que recordar especialmente, pero cumplió su función tras la caminata por el museo, a unos 20€ por persona por 4 platos que comimos de especialidad italiana.

El frío, la lluvia y el viento de aquellos días de febrero hacían que cualquier pausa fuera todavía más agradable, y uno de esos pequeños placeres fue entrar en el Café George V a resguardarnos con una taza de chocolate caliente, espeso y reconfortante, por 9€ cada una, sentadas en su terraza de los Campos Elíseos aunque hiciera un frío que pelara.

Junto a la catedral de Notre-Dame descubrimos L'Esmeralda, en una esquina con ese aire clásico francés tanto por fuera como por dentro, de esos que ya solo con verlos te invitan a entrar. Nos apetecía probar uno de los grandes clásicos de la cocina francesa: una tortilla "omelette" esponjosa, dorada por fuera y cremosa por dentro, acompañada de unas patatas caseras deliciosas, sencilla pero de las que te hacen entender por qué los franceses la elevan a categoría de arte, y que nos salió por 19,50€ cada una.

Y debo resaltar que un restaurante que nos conquistó fue Au Virage Lepic, en pleno corazón de Montmartre. Entramos casi por casualidad, sin demasiadas expectativas, y terminó siendo una de las mejores experiencias gastronómicas del viaje. Es un restaurante con más de cien años de historia, toda una institución del barrio, con un ambiente auténtico y muy acogedor. Sirven cocina tradicional francesa elaborada al momento y todo lo que probamos nos encantó: mención especial merece la sopa de cebolla, probablemente la mejor que he comido nunca, ¡deliciosa! También son muy recomendables el confit de pato, el conejo y sus postres caseros, todo por unos 26€ por persona. Un lugar más que recomendable, por el trato de quienes nos atendieron, por el ambiente del local y, sobre todo, por aquella sopa de cebolla que todavía recuerdo.

Y qué decir de los desayunos, nos encantó probar los típicos croissants recién salidos del horno, hojaldrados y dorados, y algún dulce que ni recuerdo el nombre pero que desapareció en dos bocados. Sitios bonitos, con ese aire acogedor tan parisino, y productos que valen cada minuto de cola como fue Gosselin, la panadería familiar que hay junto al Museo de Orsay y que llegó a ser proveedora del Palacio del Elíseo, probamos su famosa baguette (Philippe Gosselin fue elegido mejor baguette de París en más de una ocasión). Y en Léonie Bakery, en pleno Batignolles cerca de Montmartre, nos rendimos a sus chouquettes recién hechas —esas bolitas de masa choux cubiertas de azúcar perlado, a 1,90€ las seis— además de varios panes distintos que nos llevamos para ir picando durante el día. Dos paradas bien diferentes, pero las dos con ese punto artesanal que hace que merezca la pena madrugar un poco más para llegar con hambre.

"La Tour Eiffel de nuit"

Antes de subir a la Torre Eiffel cenamos en La Crêperie Eiffel, donde probamos crêpes saladas y dulces. Nada memorable, pero cumplió su función antes de la subida.

Subir a la Torre Eiffel al anochecer fue uno de los momentos que más nos gustó del viaje. La torre impresiona ya desde abajo, pero al empezar a subir te das cuenta de sus verdaderas dimensiones: 330 metros de altura repartidos en tres plantas, con la ciudad quedando cada vez más pequeña a medida que asciendes.

Un apunte, si eres de las personas que sufre un poco de vértigo, la subida puede hacerse algo incómoda, sobre todo al principio; pero una vez arriba la sensación cambia por completo y ya no da tanta impresión de altura, así que no hay que asustarse por eso.

Nosotras subimos en ascensor, aunque también existe la opción de subir a pie hasta la segunda planta (674 escalones) y coger el ascensor solo para el último tramo hasta la cima, a 276 metros. Nuestra entrada nos costó 35,70€ por persona.

Cuando llegamos arriba, París ya estaba completamente iluminado. Desde esa altura la ciudad se extendía hasta el infinito, llena de puntos de luz que dibujaban sus calles y avenidas, con el Sena serpenteando en la oscuridad y los principales monumentos perfectamente reconocibles e iluminados: una imagen muy distinta de la que habíamos visto durante el día, cuando todo lo que nos había parecido enorme se veía ahora diminuto desde arriba ¡Espectacular! Nos quedamos sin palabras contemplando aquel París nocturno, precioso, distinto a todo lo que habíamos visto hasta entonces.

Nos quedamos un rato, aunque el frío y sobre todo el viento apretaban fuerte. Por muchas fotos que hayas visto de la Torre Eiffel, estar allí arriba con París entero bajo tus pies es completamente distinto, uno de esos momentos en los que simplemente te quedas mirando y piensas: qué suerte estar aquí.

"Free tour Montmartre"

Para conocer bien Montmartre, decidimos apuntarnos al free tour de Civitatis, y no nos arrepentimos. Recorrer sus calles acompañadas de un guía (un chico joven muy simpático que se notaba que disfrutaba contando historias del barrio) permite descubrir muchos rincones que probablemente habrían pasado desapercibidos si hubiéramos ido por nuestra cuenta.

Durante el paseo vimos el famoso Café des Deux Moulins, en la rue Lepic, el bar de toda la vida que se hizo mundialmente conocido tras aparecer en la película Amélie; la casa donde vivió Vincent Van Gogh junto a su hermano Theo, en una de sus primeras etapas en París; y el Bateau-Lavoir, el destartalado edificio de estudios de artistas donde Picasso tuvo su primer taller parisino y donde pintó Las señoritas de Avignon, una de las obras que cambiaría el rumbo del arte moderno.

También paramos en el Moulin de la Galette, uno de los antiguos molinos de Montmartre inmortalizado por Renoir en uno de sus cuadros más conocidos y que también pintó Van Gogh; la plaza Dalida, con el busto de la cantante que vivió en el barrio y que sigue siendo un pequeño lugar de peregrinación para sus fans; y la encantadora Maison Rose, la fachada rosa más fotografiada de Montmartre, inmortalizada en un cuadro de Maurice Utrillo y que hoy sigue funcionando como restaurante.

No podía faltar la animada Place du Tertre, la plaza llena de pintores callejeros que trabajan al aire libre igual que hace más de un siglo, cuando el barrio era el punto de encuentro de la bohemia parisina; y, por supuesto, la impresionante basílica del Sacré-Cœur, con su blanca cúpula asomando sobre el barrio, desde donde se disfruta de una de las mejores vistas de todo París.

Montmartre tiene alma que se nota nada más pisarlo, con esas calles empedradas y esa mezcla de arte, historia y vida de barrio que lo hacen distinto a cualquier otra parte de París. Es de esos sitios donde apetece perderse sin mirar el mapa, sentarte a observar y dejar que el propio barrio te vaya sorprendiendo poco a poco.

"Marché Saint-Quentin"

Vaya donde vaya, para mí los mercados son siempre una visita obligada. Así que durante nuestro paseo por una zona menos turística de la ciudad descubrimos el Marché Saint-Quentin, un mercado cubierto donde se respira la auténtica vida parisina. Fuimos solo a curiosear, sin comprar nada, pero con eso bastó: entre sus puestos vimos montañas de fruta y verdura de temporada, pescaderías con el género recién llegado y, sobre todo, unas vitrinas de quesera que nos dejaron pegados al cristal, con ruedas enteras de tamaños y cortezas tan distintas que parecía imposible que todas fueran queso. Fue una experiencia para los sentidos, ver a los parisinos hacer su compra del día entre esos puestos, con los colores y los olores mezclándose en cada pasillo, y nos recordó, una vez más, la importancia que tiene la gastronomía en la cultura francesa.

"Marché des Enfants Rouges"

También visitamos el Marché des Enfants Rouges, un lugar que nos sorprendió no solo por su ambiente, sino también por su historia. Situado en pleno barrio de Le Marais, es el mercado cubierto más antiguo de París, creado en 1615 para abastecer a los habitantes de la zona. Su curioso nombre, «Mercado de los Niños Rojos», viene del antiguo hospicio cercano donde vivían niños acogidos por la beneficencia y que vestían capas rojas, símbolo de la caridad. Aunque el hospicio desapareció hace siglos, el nombre permaneció como recuerdo de aquellos niños. A finales del siglo XX estuvo incluso a punto de desaparecer para dar paso a un aparcamiento, pero la movilización de los vecinos consiguió salvarlo. Hoy, después de su restauración, es un lugar lleno de vida donde conviven puestos de productos frescos con pequeños restaurantes de cocinas de todo el mundo: no llegamos a sentarnos a comer, pero solo con pasear entre sus estrechos pasillos, ver a los parisinos haciendo sus compras y cruzarnos con los aromas que salían de cada puesto de comida ya notamos que era un rincón bien distinto a los grandes circuitos turísticos.

En nuestro paseo por los alrededores de Notre-Dame hicimos una parada en Shakespeare and Company, la librería independiente en inglés con más encanto de París, frente a la catedral y a orillas del Sena. Abrió en 1951 siguiendo el espíritu de la mítica librería que Sylvia Beach fundó en 1919 y que fue punto de encuentro de escritores como Hemingway o Joyce, y solo con saber eso ya se le coge cariño al sitio antes de llegar.

Nos acercamos con la intención de entrar, pero la cola llegaba casi hasta la esquina y estaba tan abarrotada por dentro que decidimos quedarnos fuera. No fue ninguna pérdida: la fachada verde con las letras doradas, los escaparates repletos de libros de segunda mano apilados sin orden aparente y la gente sentada leyendo en los bancos de alrededor, con Notre-Dame de fondo, ya componen una estampa que merece la parada aunque sea cinco minutos.

Durante uno de nuestros paseos nos acercamos hasta la Cité des Sciences et de l'Industrie, situada en el Parc de la Villette. Llegamos al atardecer, cuando la luz empezaba a cambiar y la zona adquiría un ambiente muy especial. Aunque no entramos a visitar el museo, nos gustó descubrir este espacio, uno de los grandes centros dedicados a la divulgación científica de Europa, con su inconfundible cúpula geodésica de La Géode, esa gran esfera plateada que se refleja en el agua del canal, y todo su entorno junto al Canal de l'Ourcq. Fue una parada breve, casi de paso, pero de las que se quedan en la memoria por ese punto de tranquilidad y la luz del atardecer sobre el canal.

Uno de los lugares que también teníamos en nuestra lista de imprescindibles era Notre-Dame. Después del incendio que sufrió en abril de 2019, nos hacía especial ilusión verla de nuevo y poder visitar su interior tras su reapertura. Intentamos conseguir una reserva gratuita para entrar, pero las plazas se agotaron rápidamente debido a la gran demanda. Aun sin poder acceder por dentro, verla desde la plaza, con su fachada gótica ya completamente restaurada y las agujas recuperadas tras el incendio, ya emocionaba solo con pensar en todo lo que había pasado el edificio en estos años. Había bastante gente tanto en la plaza como en los alrededores, señal de que no éramos las únicas con ganas de volver a verla así. Nos quedamos con las ganas y con una pequeña excusa para regresar algún día a París y completar esta visita pendiente.

"Canal Saint-Martin"

Ninguna de nosotras conocía esta zona de París, con su canal y ese aire tan distinto al resto de la ciudad. Paseamos por el Canal Saint-Martin, construido a principios del siglo XIX para abastecer de agua potable a París y convertido hoy en uno de los lugares preferidos por los parisinos para caminar, sentarse junto al agua o disfrutar de una terraza. Durante el paseo tuvimos la suerte de ver una de sus esclusas en funcionamiento, abriéndose y cerrándose mientras el agua iba bajando de nivel poco a poco, todo un espectáculo de ingeniería del siglo XIX en pleno funcionamiento. Sus puentes de hierro y ese ambiente tranquilo, muy de barrio, contrastan con el París de los grandes monumentos que habíamos recorrido hasta entonces.

Muy cerca se encuentra Point Éphémère, un conocido espacio cultural instalado en un antiguo almacén junto al canal, con grafitis en sus muros de ladrillo y una terraza siempre animada asomada al agua. Recorrimos la zona y notamos ese aire alternativo y creativo que se respira en todo este tramo del barrio.

Otro de esos pequeños descubrimientos fue Le Pavillon des Canaux, una cafetería instalada en una antigua casa familiar junto al Canal de l'Ourcq. Es uno de esos lugares que sorprenden desde el primer momento: puedes tomar un café sentado en una cocina retro, en un dormitorio o incluso dentro de una bañera, literalmente. Nosotras nos sentamos a tomar un café y la verdad es que era un lugar tan distinto que merecía una visita solo por ver cómo habían aprovechado cada rincón de la casa. Un sitio peculiar!

París siempre merece una visita, museos, calles y monumentos incluidos. Pero esta vez lo mejor no fue la ciudad, fue con quién la vivimos. Cumplir nuestro 60 aniversario juntas, recordar mil cosas del colegio, reírnos como si no hubiera pasado el tiempo... eso fue lo que hizo especial este viaje.Porque, al final, los lugares son importantes, pero son las personas con las que los compartes las que convierten un viaje en un recuerdo inolvidable.¡Au revoir, París! 💛

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