SABOREAR Y COMPARTIR POR EL SUR DE ITALIA

15 DE MARZO DE 2026

Hace algunos años decidí que mi aniversario no se celebraría con una cena, sino viajando, algo mucho más valioso para mí en esta etapa de mi vida. Y este año, el destino elegido fue el sur de Italia: ¡el escenario perfecto para seguir alimentando esta tradición!

Ha sido un viaje más de compartir que de descubrir. Viajar con mis hijos, Pol y Miki, y sus parejas, Bianca y Andrea, me regaló algo que valoro profundamente: tiempo de calidad alrededor de la mesa, momentos que no necesitan grandes planes, porque lo verdaderamente importante era estar con ellos y esa sensación constante de sentirme acompañada y querida.

En Italia, cada comida se convierte en un ritual. Las sobremesas se alargan sin mirar el reloj, acompañadas de ese café italiano intenso, casi sagrado, y pequeños dulces que invitan a parar y saborear el momento. Porque si algo define este viaje, es precisamente eso: el placer de parar, saborear y estar presentes.

Y, como suele ocurrir en los viajes que luego se recuerdan con una sonrisa, la aventura comenzó incluso antes de despegar. Nada más llegar al aeropuerto de Barcelona nos encontramos con una situación que nunca antes habíamos vivido: nuestro vuelo tenía overbooking y tres de los cinco que viajábamos nos quedamos en lista de espera, mientras Andrea y Miki ya estaban sentados dentro del avión, esperándonos sin saber muy bien qué estaba pasando fuera. ¿Volaríamos los tres, solo uno, dos… o ninguno? Nadie lo sabía. Y la cosa no pintaba bien: nos dijeron que había otro vuelo por la tarde, pero que también tenía overbooking, así que la otra opción real era esperar hasta el día siguiente, algo que nos descuadraba por completo las reservas de hotel y el plan de todo el viaje. Debo confesar que en mi cabeza ya me veía de vuelta en casa esa misma noche, o corriendo hacia otra puerta de salida del aeropuerto, porque el plan B era comprar sobre la marcha billetes de otra compañía en un vuelo que salía en apenas una hora. Nos quedamos ahí sentados junto a nuestras maletas y la mirada fija en la pantalla de embarque, entre risas y nervios, mientras la compañía buscaba una solución. La incertidumbre nos acompañó hasta el último momento, y no fue hasta que embarcó el último pasajero cuando supimos que también había sitio para nosotros. Respiramos aliviados, ocupamos nuestros asientos y, ahora sí, comenzó nuestro viaje por el sur de Italia. ¡Empezábamos bien el viaje, jeje!

Aunque el viaje tuvo un orden marcado por los días, no siempre es así como permanece en mi memoria: los recuerdos no se organizan por fechas, sino por lugares, emociones y momentos compartidos. Por eso este relato no será un diario de viaje, sino un recorrido por aquellos rincones que, más allá de su belleza, dejaron una huella especial y convirtieron este aniversario en un recuerdo imborrable. Empezaré por Nápoles y, desde allí, iré dejando que cada destino cuente su propia historia.

Napoli

Llegamos al aeropuerto de Nápoles-Capodichino a primera hora de la mañana. Nuestro primer destino fue la agencia donde habíamos reservado el coche que nos acompañaría durante todo el viaje. Sin embargo, enseguida aprendimos una de las primeras lecciones napolitanas: aquí las prisas no existen. Tocaba esperar. Justo enfrente había una pequeña pastelería de las de toda la vida, Pasticceria Madonna. Sin pensarlo dos veces, aprovechamos el tiempo como mejor se puede hacer en Italia: con un buen café y unos dulces recién hechos que, por cierto, estaban muy ricos y nos sentaron de maravilla en aquel momento. Pagamos 19€ por los cinco (unos 3,80€/persona) y salimos convencidos de que mereció la pena. Fue nuestro primer contacto con la gastronomía italiana y una manera de empezar el viaje que no podía sentar mejor.

Con el coche ya en nuestras manos nos dirigimos al centro de Nápoles, lo dejamos en un parking y nos fuimos caminando hasta la Piazzetta Matilde Serao, punto de encuentro para el Free Tour del Barrio Español. Llegamos a la plaza y la guía, una chica joven llamada Sarita, ya nos esperaba, lista para descubrirnos la ciudad desde dentro.

Quartieri Spagnoli

Desde allí subimos hacia los Quartieri Spagnoli, recorriendo los barrios de San Ferdinando, Avvocata y Montecalvario. Sus calles estrechas, llenas de vida, con ropa tendida entre los balcones, pequeñas tiendas tradicionales, altares improvisados y motos que parecen desafiar cualquier norma de circulación, transmiten esa mezcla de caos y autenticidad que hace de Nápoles una ciudad única.

Era inevitable detenerse ante el famoso mural de Maradona, en la Via Emanuele De Deo. Más que un grafiti, es un auténtico lugar de peregrinación donde se mezclan admiración, orgullo y devoción. En Nápoles, Maradona no fue solo un futbolista; sigue siendo un símbolo de identidad para toda la ciudad.
También descubrimos otros murales que convierten las calles en un museo al aire libre, con obras de artistas como Roxy in the Box, Cyop & Kaf, Jorit o Bosoletti. Pasear por estos barrios es encontrarse arte en cada esquina y comprender que Nápoles no solo se visita: se vive.

El mercado de Pignasecca

Con esto, Sarita dio por terminado el free tour, y nosotros seguimos explorando por nuestra cuenta. Con ganas de más, nos adentramos en el Mercato della Pignasecca, el mercado callejero más antiguo de Nápoles, que se extiende a lo largo de la Via Pignasecca, en el barrio de Montecalvario, en el límite de los Quartieri Spagnoli. Su nombre tiene su propia leyenda: cuando en el siglo XVI se despejó la zona para abrir la propia Via Toledo, solo sobrevivió un pino ("pigna", en napolitano), que con el tiempo acabó secándose y dando nombre al barrio. Desde entonces, cada mañana sus calles se llenan de puestos de pescado fresco, montañas de fruta y verdura, tiendas de toda la vida y ese ir y venir de voces y olores que solo tienen los mercados que llevan siglos siendo el mismo. Nos dejamos perder entre los puestos, cámara en mano, dejándonos llevar por los colores y el bullicio de la Nápoles más auténtica. Esta calle nos cautivó por completo: por sus tiendas tan auténticas, por la manera en que colocaban cada producto —casi como una obra de arte—, por la variedad y cantidad de género que se amontonaba en cada puesto, y por esa mezcla de colores, texturas y aromas que solo tiene un mercado de verdad. Para mí, en momentos así, es como si el tiempo se detuviera y desconectara por completo de todo lo demás: descubrir ingredientes, sabores y rincones nuevos me llena y me fascina cada vez que viajo.

Saliendo del bullicio del mercado, nos topamos con la estación de metro Toledo, considerada una de las más bonitas del mundo. Diseñada por el arquitecto catalán Oscar Tusquets e inaugurada en 2012, The Daily Telegraph llegó a otorgarle ese mismo título. Aunque no descendimos hasta su famoso nivel principal —donde un enorme cráter de mosaicos azules de Bisazza recrea la sensación de estar bajo el mar—, sí pudimos contemplar los mosaicos de temática histórica que decoran uno de sus accesos, un primer vistazo al cuidado diseño artístico que caracteriza al metro de Nápoles y que nos dejó con ganas de volver para verla entera. Después continuamos nuestro paseo, empezando a entender el verdadero carácter de la ciudad. Nápoles es intensa, ruidosa, desordenada y, al mismo tiempo, profundamente auténtica. Puede desconcertar al principio, pero tiene una energía que termina atrapándote.

La auténtica pizza napolitana

Llegó el momento en que el hambre ya empezaba a apretar y teníamos muchas ganas de probar uno de los grandes iconos de la gastronomía italiana: la auténtica pizza napolitana. Elegimos Pizzeria Da Attilio, resulta ser una pizzería familiar que lleva desde 1938 en el mismo sitio, hoy en manos de la tercera generación, y fue todo un acierto. La masa, los ingredientes y ese horno de leña hacen que entiendas por qué Nápoles presume de ser la cuna de la pizza. Pedimos una clásica margherita y una pizza degustación de ocho sabores distintos (ideal para los indecisos como yo, que a veces por querer probar la más rica no sé cual escoger), con la mitad de triángulos sobre base de tomate y la otra mitad sin ella, cada uno con un relleno diferente. Acompañada de una cerveza bien fresquita, fue todo un placer: una manera perfecta de probar un poco de todo en una sola pizza, y riquísima de principio a fin. El servicio, además, fue rápido y muy atento, algo que se agradece cuando llevas horas caminando y solo piensas en sentarte a comer. Pagamos 72€ por los cinco (poco más de 14€ por persona). Se nota que en Nápoles la buena pizza no tiene por qué ser cara.

Con el estómago lleno, seguimos paseando sin prisas por el centro de la ciudad. Volvimos a la Piazza del Plebiscito, una de las plazas más emblemáticas de Nápoles, presidida por la imponente Basílica de San Francesco di Paola. Desde allí continuamos hasta el Palacio Real y el cercano Teatro di San Carlo, inaugurado en 1737 y considerado el teatro de ópera en activo más antiguo del mundo, décadas antes que La Scala de Milán o La Fenice de Venecia. Su fachada, sobria y elegante, ya deja intuir la joya que esconde dentro: durante casi tres siglos ha visto pasar por su escenario a compositores como Rossini, Donizetti o Verdi, y sigue siendo hoy el corazón de la vida operística napolitana.

A pocos pasos entramos en la Galería Umberto I, una auténtica joya arquitectónica que nos dejó impresionados. Se construyó entre 1887 y 1890, en los mismos años en que Gustave Eiffel levantaba su famosa torre en París, y su imponente cúpula de cristal y hierro se eleva hasta los 57 metros de altura. Su enorme cúpula, el suelo de mosaico y la luz que inunda el edificio hacen que sea uno de esos lugares en los que merece la pena detenerse unos minutos y simplemente mirar a tu alrededor, maravillados por tanta belleza.

Entre paseo y paseo hicimos otra de esas paradas que en Italia se convierten casi en un ritual: un buen espresso, esta vez en el Ceraldi Caffè, un local elegante, amplio y tranquilo en Piazza Carità que lleva desde 1973 sirviendo café a los napolitanos. Es curioso cómo un café puede ser mucho más que un café; es una excusa para hacer una pausa, para otra charla compartida entre risas, y para recargar la energía necesaria para seguir descubriendo la ciudad.

Mientras descansábamos en Nápoles, antes de ir a recoger el coche, nos llevamos otro de esos sustos que parecían empeñados en perseguirnos en este viaje. Dábamos por hecho que ya teníamos alojamiento reservado en Pompeya para esa misma noche, con las entradas al parque arqueológico compradas para primera hora de la mañana siguiente, todo perfectamente organizado.

Pero al repasar la ruta en coche de Nápoles a Pompeya Pol se dió cuenta del error: teníamos reservadas todas las noches del viaje… menos esa. Silencio, caras de póker y, acto seguido, todos a mirar el móvil a la vez para buscar alojamiento de urgencia.

Al final todo salió bien, como suele pasar, y encontramos donde dormir sin mayor drama. Otro susto más para la colección, pero de esos que, como decíamos al principio, se acaban recordando con una sonrisa. Con esto solucionado, pudimos disfrutar tranquilos de lo que quedaba de tarde.
Y así, entre estos vaivenes, dimos por cerrado nuestro paso por Nápoles. No es una ciudad perfecta. Pero es intensa, está viva y nos gustó mucho. Nos fuimos con ganas de volver, aunque el viaje seguía y tocaba dejar Nápoles atrás.

Recomendaciones gastronómicas de Nápoles:
Esta lista no la hemos probado nosotros, me la aconsejó una amiga napolitana, así que la dejo aquí como guía extra para quien quiera profundizar más allá de lo que he contado.
Pizza
• Sorbillo — pizza fritta callejera.
• Pizzeria Brandi — muy recomendable. Además de pizza, su pasta alle vongole (con almejas) y de scampi (cigalas).
• Concettina ai Tre Santi — degustación de pizzas, algo más cara.
• L'Antica Pizzeria da Michele — pizza para llevar, la pizzería donde Julia Roberts rueda su famosa escena en la película Comer, rezar, amar. Se comparte mesa: un sitio muy local.
• La Masardona — pizza fritta para llevar.
Pasta y platos de cuchara
• Trattoria Nennella — pasta e patate (pasta con patatas), muy recomendable.
• Frittatina di pasta — especialidad callejera napolitana: una gran croqueta de pasta (normalmente bucatini o espaguetis) con bechamel, queso, jamón y guisantes, rebozada y frita hasta quedar crujiente por fuera y cremosa por dentro.
Dulces y pastelerías
• Pastelería Leopoldo (desde 1940) — tarallo napolitano, un snack salado.
• Pasticceria Poppella — rollitos rellenos de crema de leche y queso.
• Sfogliatelle Attanasio — el dulce tradicional napolitano por excelencia: hojaldre en forma de cono, extremadamente crujiente y en múltiples capas, relleno de ricotta, sémola, cítricos confitados y canela.
Para beber
• Ciro a Mergellina — para tomar una grappa, el aguardiente típico italiano.

Ya de camino a Pompeya, con la tarde cayendo, llegamos a nuestro alojamiento. Nada más dejar las maletas, salimos a cenar cerca de allí mismo, en el restaurante Rampa del Porto, un lugar muy auténtico, con ambiente de pescadores, donde probamos un pescado y marisco fresquísimos a muy buen precio: 82€ entre los cinco (poco más de 16€ por persona). Una elección perfecta para despedir el día. Después nos fuimos a descansar, ya que a la mañana siguiente nos esperaba la visita al Parque Arqueológico de Pompeya, que recorreríamos desde primera hora para aprovechar al máximo la experiencia.

Pompei

La mañana comenzó con un desayuno en Pasticceria La Delizia Di Antonio Di Rosa, cada uno a su manera: unos con pastas dulces y café, otros prefiriendo algo salado acompañado de zumo. Así, con el estómago ya satisfecho, nos adentramos en la historia de Pompeya.

Con el cielo azul y esa luz suave y fresca propia de marzo, llegamos con las entradas compradas con antelación, 25€ por persona, para aprovechar el día al máximo. Dedicamos casi cuatro horas a recorrer Pompeya, y aun así sentimos que nos quedó mucho por descubrir. Pasear por sus calles fue como detener el tiempo, recorrer una historia que aún respira entre ruinas y silencios.

Visitamos la antigua ciudad romana, sepultada en el año 79 d. C. tras la devastadora erupción del Vesubio y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Durante la visita pasamos por algunos de sus lugares más emblemáticos, como la Puerta de la Marina, la Basílica, el Foro, la Casa del Fauno, una de las villas más grandes y lujosas de Pompeya, los antiguos baños, un thermopolium (los establecimientos donde se servía comida caliente), las calles principales, los teatros históricos y las sobrecogedoras figuras de yeso de las víctimas de la erupción.

Lo que más sorprende es el extraordinario estado de conservación de la ciudad. Muchos edificios mantienen todavía parte de su estructura original y, en su interior, se conservan frescos y mosaicos que han permanecido prácticamente intactos durante casi dos mil años.

Pompeya es uno de esos lugares que impresionan mucho más de lo que imaginas. Conocer su historia y después caminar por sus calles, envuelto en un silencio casi absoluto, hace inevitable pensar en todo lo que ocurrió aquel día. Más que una visita arqueológica, fue una experiencia que nos conectó con el pasado de una forma difícil de explicar, tan difícil que, sin darnos cuenta, acabamos los cinco metidos en un pequeño debate: si el Vesubio sigue siendo un volcán activo hoy en día, ¿por qué la gente sigue viviendo a sus pies, sabiendo lo que ya ocurrió una vez? Cada uno defendía su punto de vista, y entre opiniones distintas y algún que otro "yo no viviría ahí ni loco", la conversación se alargó mientras buscábamos dónde parar a comer.

Sorrento

Tras la visita a Pompeya, pusimos rumbo a Sorrento, ya cansados y con hambre después de la mañana intensa. De camino hicimos una parada para comer en Antica Trattoria Da Filomena, en Sant'Andrea, una pequeña pedanía de Vico Equense: una auténtica trattoria de pueblo, con manteles de tela, mesas y sillas de madera de las de toda la vida, y ese ambiente casero y algo antiguo que solo tienen los sitios que llevan generaciones haciendo lo mismo. Empezamos compartiendo entrantes de embutidos y quesos, deliciosos, y después llegaron platos de pasta, entre ellos unos gnocchi, spaghetti carbonara y mi cacio e pepe, sencilla pero espectacular, una de las mejores que probé durante el viaje. Pagamos 100€ por los cinco (20€ por persona) comimos de maravilla, con esa sensación de haber elegido bien, sin ninguna duda.

Después retomamos la carretera de curvas que serpentea junto a la costa, rumbo a Sorrento. Al llegar, dejamos las maletas en el hotel y bajamos hasta Marina Grande, el antiguo barrio de pescadores de la ciudad: un rincón que conserva intacto su carácter de pueblo dentro del pueblo, con casas altas y estrechas de colores pastel, barcas de madera varadas en la arena y ese ambiente relajado de quien vive frente al mar desde hace generaciones. Paseamos entre sus callejones, dejándonos llevar sin rumbo fijo, y pasamos por delante de alguno de sus restaurantes de pescado con vistas al Golfo de Nápoles, aunque esta vez tocaba seguir explorando antes de sentarnos a cenar.

Nos sentamos en Santa Beach, un café frente al puerto, para hacer una pausa y disfrutar de un capuchino acompañado de dos de los postres más típicos de la zona: un cremoso tiramisú y una deliciosa delizia al limone, el dulce por excelencia de la Costa Sorrentina. Pagamos 34€ por un café, dos capuchinos y los dos dulces —un precio que se nos hizo bastante caro para lo que era—, pero desde allí contemplamos la imponente silueta del Vesubio, que se alzaba al otro lado del golfo y regalaba una de las estampas más bonitas del viaje. Fue uno de esos momentos para sentarse sin prisas, admirar el mar, disfrutar del ambiente y dejar que el tiempo pasara lentamente.

Terminamos el día cenando en un restaurante del centro (del que, lamentablemente, no recuerdo el nombre), poniendo el broche final a una jornada intensa que comenzó entre las ruinas de Pompeya y terminó disfrutando del encanto mediterráneo de Sorrento. Durante la cena aprovechamos para organizar el plan del día siguiente: una excursión en ferry a la isla de Capri, uno de los destinos que teníamos pensado visitar.

Isola di Capri

A primera hora de la mañana tomamos el ferry desde Sorrento hasta Capri, una de las excursiones más populares de la Costa Amalfitana y una visita que yo, particularmente, tenía muchas ganas de hacer. El ferry (ida y vuelta) nos costó 222,50€ entre los cinco (44,50€ por persona).

Nada más desembarcar nos encontramos con numerosos taxistas ofreciendo sus servicios de una forma bastante insistente. Además, los precios nos parecieron muy elevados, así que decidimos buscar una alternativa y optamos por alquilar unas motos para recorrer la isla, no sin antes regatear un poco: al final pagamos 150€ por las tres motos. Sin duda, fue la mejor decisión del día. Nos permitió movernos a nuestro ritmo, visitar tanto Capri como Anacapri y disfrutar de las carreteras con vistas al mar y de los espectaculares paisajes que ofrece la isla.

Una mención especial merece el propietario de la empresa de alquiler de motos, que fue, con diferencia, la persona más amable que encontramos durante nuestra estancia en la isla. En cambio, el trato del resto de la gente nos pareció bastante más frío y distante de lo que esperábamos, por lo que no terminamos de sentir ese ambiente acogedor que sí habíamos encontrado en otros lugares del viaje.

Además, hubo algo que también nos llamó mucho la atención: la gran presencia policial y las numerosas cámaras de vigilancia repartidas por las calles. En uno de los controles incluso nos pidieron el DNI y anotaron nuestros datos en su libreta. Nos quedamos un poco sorprendidos. También nos sorprendieron las estrictas limitaciones al tráfico, las numerosas zonas de acceso restringido y la escasez de aparcamiento, prácticamente todo de pago.

Quizá por todo ello, la sensación de libertad que esperábamos encontrar en una isla pequeña no fue la que imaginábamos. Capri nos pareció un destino muy orientado al turismo, con un ambiente bastante exclusivo, masificado en algunos puntos y muy regulado. Aun así, es innegable que la isla posee una belleza extraordinaria: sus acantilados, las aguas de un intenso color turquesa, las vistas sobre el Mediterráneo y el encanto de sus calles hacen que sea un lugar único. Paseamos por el centro de Capri, recorrimos Anacapri, disfrutamos de varios miradores y dedicamos el día a descubrir algunos de sus rincones más conocidos antes de regresar por la tarde en ferry a Sorrento, con un sabor agridulce: el de haber conocido uno de los destinos más emblemáticos del golfo de Nápoles, sin que su ambiente terminara de conquistarnos del todo.

De regreso de Capri, dedicamos la tarde a recorrer con calma las encantadoras calles del centro histórico de Sorrento. Sus plazas llenas de vida, las pequeñas tiendas de artesanía, los comercios de productos típicos y el ambiente relajado hacen que sea una ciudad perfecta para pasear sin prisas. Como no podía ser de otra manera, aprovechamos para probar dos clásicos de la gastronomía local: un cremoso gelato de pistacho y una refrescante limonada, elaborada con los famosos limones de la Costa Sorrentina. El broche perfecto para una tarde de paseo tranquilo, con la sensación de irnos de Sorrento con ganas de volver algún día, sin prisa, como todo lo que habíamos vivido allí.

Costa Amalfitana

Al caer la noche dejamos Sorrento y pusimos rumbo a la Costa Amalfitana, donde pasaríamos los siguientes tres días. Nuestro alojamiento estaría en Ravello, un precioso pueblo encaramado en las montañas que se convertiría en nuestro pequeño refugio y en la base perfecta para explorar la costa.

El trayecto hasta allí fue toda una experiencia. La carretera, estrecha, sinuosa y repleta de curvas, obliga a conducir con los cinco sentidos. A eso se suma la particular manera de conducir de los italianos, mucho más rápida y decidida de lo que estamos acostumbrados. Motocicletas que aparecen por cualquier hueco, adelantamientos que al principio parecen imposibles y un tráfico caótico, sin duda. Sin embargo, poco a poco acabas entrando en su dinámica y descubres que, dentro de aquel aparente desorden, existe una especie de equilibrio que hace que todo termine funcionando, aunque de vez en cuando te llevas algún susto... o más de uno.

Llegamos al apartamento con unas vistas nocturnas preciosas del mar y, después de buscar dónde cenar, encontramos mesa en el restaurante del Hotel Parsifal, curioso porque antiguamente había sido un convento del año 1288. Se respiraba un ambiente tranquilo y familiar. Nos fuimos a descansar con muchas ganas de empezar a descubrir algunos de los rincones más espectaculares de la Costa Amalfitana.

Al día siguiente comenzamos la mañana desayunando en Duomo Caffè Ravello Costa di Amalfi, situado en plena Piazza Duomo, justo frente a la catedral. Un lugar precioso donde descubrí una deliciosa focaccia de porchetta con stracciatella y pistachos que, acompañada de un buen café y alguno de sus dulces, convirtió el desayuno en uno de esos pequeños momentos que se disfrutan y se quedan en la memoria.

Y entonces llegó la sorpresa: soplé las velas de mi aniversario. Un momento sencillo, pero muy especial. Celebrarlo allí, en un lugar tan bonito y, sobre todo, rodeada de mis hijos y sus parejas, fue un auténtico privilegio. Más que el lugar, lo que hizo especial ese momento fue poder compartirlo con ellos.

Después salimos a descubrir Ravello, paseando tranquilamente por sus calles y dejándonos llevar por el carácter de este pequeño pueblo, donde cada rincón parece tener una historia y cada terraza ofrece una nueva perspectiva sobre el mar.

Nuestra primera visita fue Villa Rufolo, uno de los lugares más emblemáticos de Ravello. La villa, de origen medieval, es mucho más que un edificio histórico: es un conjunto de patios, torres, jardines y rincones que se van descubriendo poco a poco mientras recorres el recinto, con una arquitectura de influencias árabes y normandas. Era mediados de marzo y los jardines estaban todavía en plena preparación para la primavera, en algunas zonas seguían con los trabajos de mantenimiento de cara a la temporada que arrancaba, pero aun así ya se intuía cómo lucirían unas semanas después, en pleno esplendor. Desde las terrazas, distribuidas en distintos niveles, se abren unas panorámicas magníficas sobre la Costa Amalfitana: el azul del mar, las montañas y la costa extendiéndose ante nosotros. Tuvimos, además, la suerte de un día de sol y temperatura perfecta para pasear con calma, sin prisa por nada.

Toda la villa nos pareció preciosa, pero sus jardines son, sin duda, el gran atractivo del lugar, por lo que, fue precisamente aquí donde, en 1880, Richard Wagner quedó tan impresionado por ellos que exclamó haber encontrado "el jardín mágico de Klingsor", la escena que buscaba para el segundo acto de su ópera Parsifal, el mismo nombre, no por casualidad, del hotel donde cenamos la noche anterior. Desde entonces, cada año estas terrazas acogen el famoso Festival de Música de Ravello, que llena de conciertos uno de los rincones más bonitos de la Costa Amalfitana. La combinación de arquitectura, naturaleza y esas vistas hace que el lugar tenga una atmósfera realmente especial.

Después de recorrer Villa Rufolo, continuamos nuestro paseo hasta la Piazza Duomo, el corazón de Ravello, presidida por su catedral, cuyo origen se remonta al siglo XI. Entre sus calles tranquilas, sus cafés y sus rincones con historia, fuimos descubriendo poco a poco ese ambiente sereno que hace de Ravello un lugar diría que mágico.

Con el coche, salimos de Ravello rumbo a Positano. La carretera nos fue llevando de nuevo por los paisajes de la Costa Amalfitana, con el mar apareciendo entre las curvas y acompañándonos durante buena parte del trayecto.

Al llegar a Positano teníamos reserva para comer en Saraceno d'Oro, en Via Pasitea. Nos sentamos, agradecidos de poder descansar las piernas después de la mañana de paseo, y nos dejamos llevar por la carta: de entrante, un fritto misto de verduras crujiente que desapareció en cuestión de minutos, un mil hojas de patata y después llegaron los platos fuertes, linguine alle vongole con tomate y perejil, una pasta con una cremosa salsa blanca, y un risotto de un amarillo intenso con marisco y eneldo, cada uno distinto y cada uno con su propia gracia. Todo ello acompañado de un rico Lambrusco, que fue bajando bien copa a copa mientras charlábamos y recuperábamos fuerzas para seguir la tarde.

Después de comer salimos a pasear por Positano y comenzamos a bajar hacia el mar. Positano es uno de esos lugares que reconoces enseguida: sus casas de colores —blancas, rosas, amarillas y tonos melocotón— están construidas unas sobre otras en la ladera de la montaña, formando una imagen preciosa.

Fuimos bajando por sus calles estrechas y sus numerosas escaleras, pasando entre casas, pequeños comercios y rincones llenos de flores. Las buganvillas daban un toque especial entre las fachadas y en las tiendas encontrábamos de todo un poco: ropa de lino, cerámicas, sandalias y muchos recuerdos relacionados con los famosos limones de la Costa Amalfitana.

A medida que descendíamos, el mar iba apareciendo cada vez más cerca. En algunos puntos nos deteníamos para mirar hacia atrás y contemplar el pueblo desde arriba, con sus casas escalonadas bajando hacia el Tirreno.

Finalmente llegamos hasta la Spiaggia Grande, la playa principal de Positano, de piedras oscuras y rodeada por las coloridas fachadas del pueblo. Desde allí la perspectiva era diferente y pudimos apreciar mejor cómo Positano parece estar literalmente colgado de la montaña. Aprovechamos para sentarnos a tomar un café en una terraza junto a la playa, sin el bullicio del verano, y con el sol acompañándonos pudimos disfrutar de ese momento con calma, contemplando el pueblo desde abajo.

Después, volvimos al coche para seguir hacia Furore. Pero la luz de la tarde era tan bonita que paramos junto a la carretera, cerca de una tienda de cerámica, con una vista espectacular hacia el acantilado y el mar. No fue una parada prevista, pero se convirtió en uno de los atardeceres más bonitos del viaje, precioso.

Desde allí también se veía el perfil de Praiano, encaramado en la ladera y bajando hacia el mar, con la cúpula de la Chiesa di San Luca Evangelista asomando entre las casas.

Por fin llegamos a Furore, uno de los lugares más curiosos de toda la Costa Amalfitana. El pueblo está construido sobre la montaña, con la carretera prácticamente pegada a la ladera, así que encontrar sitio para el coche no fue nada fácil: al final lo dejamos arrimado a la roca, junto a la carretera, como hacían muchos otros. Aquello era un follón considerable, coches aparcados a ambos lados, autocares intentando pasar por un hueco que apenas les cabía, y nosotros apartándonos como podíamos, y no dejábamos de preguntarnos cómo era posible que circulara tanto vehículo por una carretera tan estrecha.

Pero en cuanto dejamos atrás el coche y empezamos a bajar por las escaleras, todo cambió. El ruido del tráfico se fue quedando atrás con cada escalón, y el paisaje se abría cada vez más bonito: la montaña, el mar y las construcciones encajadas en aquel terreno tan vertical, con una perspectiva distinta en cada tramo, espectacular! La luz de la tarde, además, lo iluminaba todo de una manera preciosa.

El Fiordo di Furore es una grieta impresionante, excavada en la roca por el torrente Schiato, por donde el mar se adentra hasta formar una pequeña playa de guijarros, encajada entre paredes de roca y coronada por un puente de unos 30 metros de altura desde el que se celebran competiciones internacionales de saltos al mar.

Allí abajo reinaba un silencio total, solo roto por el sonido de las olas contra las rocas, el contraste con el caos de la carretera, unos minutos antes, era brutal. Nos quedamos un buen rato sin hacer nada más que escuchar, observar y, cómo no, hacer fotos. Fue una de esas visitas que se quedan grabadas, quizá precisamente por ese contraste tan grande entre el bullicio de arriba y el silencio que encontramos abajo.

Continuamos nuestro recorrido y llegamos a Amalfi ya al atardecer. El cambio de luz hacía que el pueblo tuviera un ambiente especialmente bonito; todavía había bastante gente por las calles, pero el ritmo empezaba a ser más tranquilo.

Nos fuimos adentrando por sus calles estrechas y llenas de vida, con pequeños comercios, restaurantes, heladerías y tiendas de recuerdos. Amalfi tiene ese encanto tan característico de la Costa Amalfitana: edificios de colores claros, balcones con plantas y calles que se van estrechando hasta convertirse en pequeños pasadizos. Fuimos paseando sin demasiada prisa, descubriendo plazas pequeñas y escaleras que se colaban entre las casas.

En uno de esos rincones paramos a tomar un Aperol. Fue uno de esos momentos del viaje que terminan convirtiéndose en un buen recuerdo: sentarnos un rato, descansar después de todo el día y disfrutar del ambiente.

Uno de los lugares que nos llamó la atención fue la Piazza del Duomo, el corazón del pueblo. Allí se encuentra la impresionante Catedral de San Andrés, con su enorme escalinata y su fachada decorada con diferentes colores; después de caminar por las callejuelas estrechas, llegar a esa plaza y encontrarnos de frente con la catedral fue todo un contraste.

Al anochecer, después de disfrutar de Amalfi, emprendimos el camino de regreso a Ravello, donde nos hospedábamos. El regreso por aquellas carreteras de montaña tenía también su encanto, con las luces de los pueblos apareciendo entre las curvas.

Al llegar teníamos reserva en Osteria Ravello, un sitio donde la noche anterior habíamos querido cenar allí, pero estaba completo, y nos había gustado tanto el lugar que reservamos para esta noche. Nos pareció precioso, pequeño, acogedor y tranquilo, con un servicio muy atento que se agradecía después de una jornada tan intensa. Cenamos un risotto cremoso con una gamba rebozada crujiente y almendra laminada, un pescado del día con tomates cherry confitados y aceitunas negras que estaba delicioso, una lasaña de verduras gratinada con queso, y un plato de ternera en su punto, bañado en una salsa oscura y también con almendra laminada.¡Qué rico estaba todo! Disfrutamos muchísimo de la cena, con platos de cocina italiana y productos de la zona.

Después del caos de coches y autobuses en Furore, del paseo por las calles de Amalfi y de aquel Aperol al atardecer, terminar la jornada tranquilamente en Ravello, con una buena cena en un lugar tan bonito, fue sencillamente un día perfecto para cerrar un aniversario tan especial. Una jornada muy completa que tengo grabada en la memoria: empezar con aquel desayuno en Ravello, la visita a Villa Rufolo, la comida y el paseo por Positano, la carretera y el impresionante Furore, la calma de Amalfi al atardecer, y terminar con esta cena en la Osteria. Redondo, feliz, en un entorno espectacular y en la mejor compañía.

El viaje llegaba a su fin. Al día siguiente, para despedirnos de Ravello, tomamos un café en Sisina's, un pequeño local a un paseo de la plaza, mucho más frecuentado por los propios habitantes de Ravello que por turistas. Recogimos las maletas del apartamento, cogimos el coche y, a mitad de camino hacia el aeropuerto, paramos en Minori, cuna de la famosa delizia al limone, para desayunar dulces típicos en la Pasticceria Sal De Riso, con el último café italiano del viaje. Más adelante hicimos otra parada, esta vez en un supermercado, para llevarnos a casa un poco de Italia: parmesano, pecorino y otros quesos, porchetta, ... y algo para picar en el aeropuerto. Devolvimos el coche y, ya en el aeropuerto, emprendimos el vuelo de vuelta a casa.

Más que un recorrido, este viaje fue una forma de estar: sin prisas, compartiendo, saboreando cada plato y cada sobremesa, dejando que los imprevistos se resolvieran siempre entre risas, alargando las charlas sin mirar el reloj… y guardando, sin hacer ruido, momentos que se quedan para siempre.

Pol, Miki, Bianca y Andrea: mil gracias por estos cinco días tan bonitos, por regalarme este aniversario tal como lo vivimos, sin necesidad de nada más que vosotros. No hay paisaje, por bonito que sea, que valga tanto como veros disfrutar a mi lado.

Y volví con una certeza aún más clara: la alimentación saludable no está reñida con el placer, al contrario. Se encuentra precisamente ahí, en el equilibrio entre lo que comemos, cómo lo comemos… y con quién lo compartimos.

Italia me fascina. Cada vez que vuelvo, me enamora un poco más: su gente, su ritmo, esa manera de entender la comida no como un trámite sino como un ritual, y una gastronomía que admiro cada vez que la descubro de nuevo.

"Italia, gracias por enseñarme que la belleza no necesita perfección."

¡Si no quieres perderte ninguna receta, noticia o evento, suscríbete a la newsletter!

Respetamos tu privacidad.